Rusia (Crónica de viaje - volumen 1)

Actualizado: abr 11


Catalina trabaja en Marketing del Instituto Fénix. Actualmente. Antes viajó mucho por trabajo y, entre los lugares que recorrió, San Petersburgo, Kyoto y Hong Kong están entre sus favoritos. Por ser fecha del Bautismo de Rusia, Catalina nos cuenta una de sus experiencias en la ciudad rusa Vladivostok.

Rusia es que es tan grande que ni siquiera entra en un continente. Tomé un curso de Literatura rusa cuando estaba en facultad y, en la primera clase, el profesor dijo que nos estábamos por sumergir en el país que lo tiene todo, que es un continente en sí mismo; el lugar de los ricos más ricos y los pobres más pobres. Que tengamos en cuenta que es un país muy religioso, tanto que ni siquiera la URSS pudo contra la religión ortodoxa. Que es inconquistable (preguntémosle a Napoleón, a Hitler y al invierno ruso).

Entonces presento una ciudad del este (o sea, Asia - Crónica de Viaje volumen 1), y otra del oeste (o sea, Europa - Crónica de Viaje volumen 2).

VLADIVOSTOK

Balalaika, vodka y fútbol

Cerca del Instituto Fénix, en Montevideo, hay una fuente llena de candados. Representan la valentía de todas las parejas que se atreven a sellar su amor eterno. Es un gesto de prueba de amor que se repite en varias ciudades, pero nunca deja de parecerme romántico. En Vladivostok encontré llaveros cerrados alrededor de un monumento. Al parecer, en esta ciudad es costumbre que luego de jurar amor hasta que la muerte los separe ante el gobierno, las parejas llevan sus candados a este monumento (que, por cierto, es en honor de dos hombres de ciencia) como parte de la ceremonia del matrimonio.

Jamás pensé llegar al extremo este de Rusia. Donde nace la vía del transiberiano, donde no han aumentado la cantidad de semáforos desde 1989, por lo que a las seis de la tarde quedé trancada durante horas en el tránsito. Sí había estudiado el extremo este de Rusia porque cuando escribí mi tesis de grado, que era un guión de largometraje, cree un personaje: un hombre que se sentía muy disconforme con todo lo que pasaba a su alrededor; él armaba su bolso y se iba a recorrer el mundo. Solo paraba de viajar al llegar al extremo este de Rusia, donde se daba cuenta que por más lejos que se fuera, el que debía cambiar era él. De todas formas, un abismo gigante entre mi personaje y yo, nunca pensé encontrarme en sus zapatos: mirando al océano y sintiéndome tan lejos de casa.

La primera persona rusa con la que hablé se llamaba Anastasia, "como la princesa", pensé; siempre me gustó la historia de la Revolución Rusa y el mito de que la princesa aún vivía, era más grande que todo ese continente.

Luego también conocí a una Ania, una Olga y un Iván. Esos nombres que suenan tan rusos. Le pregunté a Ania cómo sería mi nombre en su idioma, “Catalina” no le sonaba a nada, pero cuando le dije (en inglés) que me llamaba como Catalina la Grande, sonrió y dijo “Katia”, así que cuando se acercaron dos muchachos a conversar, ella me presentó como Katia.

En inglés no sabían demasiado: hola, cómo andas y tomar vodka, fue todo lo que dijeron. Me preguntaron de donde era: de Uruguay. ¡Ah, fútbol! “Ania, Katia, vodka, balalaica e fútbol”.

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