Ye Xian: la cenicienta de China

Actualizado: abr 11


Había una vez... como comienzan todos los cuentos de hadas.

Todos conocemos la historia de la Cenicienta. Lo que quizás no sabíamos es que en China, en el siglo IX, Tuan Cheng Shin armó un libro recopilando historias populares. Entre ellas la de Ye Xian, que tiene muchas similitudes con nuestra Cenicienta.

Había una vez el jefe de una aldea minera en la montaña a quien nos nativos llamaban el Jefe de la Caverna. Su nombre era Wu y se casó con dos mujeres (porque era permitido).

Desafortunadamente, una de sus señoras falleció, dejando a su tierna hijita, llamada Ye Xian. La niña era muy inteligente, también muy hábil para trabajar el oro, y su padre la quería muchísimo. Pero éste también falleció.

Ye Xian quedó al cuidado de la otra mujer de su padre, quien, celosa porque Yeh Shen era más bella y lista que su propia hija, la maltrataba y a menudo la obligaba a hacer los trabajos más duros, como limpiar la casa, cortar leña o ir a los lugares más peligrosos a sacar agua de los pozos más profundos.

Cierto día, en un lago, Ye Xian encontró un pez de más de dos manos de largo, con aletas rojas y ojos dorados y lo llevó a su casa y lo colocó en una vasija con agua. El pez crecía cada día más y más, hasta que finalmente Yeh Shen lo puso en un estanque que había en la parte trasera de la casa. La muchacha solía alimentarlo con parte de su escasa comida. De modo que cuando Yeh Shen se acercaba, el pez subía a la superficie y apoyaba su cabeza en el borde. En cambio, si era otra la persona que se acercaba, entonces el pez se escondía.

La Madrastra vio el comportamiento extraño del pez, entonces un día decidió acercarse al estanque y esperar a que el pez subiera. Pero no sucedió. La Madrastra, valiéndose de una triquiñuela dijo a la niña:

—¿No estás cansada de trabajar? Ve, te regalaré un vestido. Pruébatelo.

Entonces hizo que Ye Xian se quitara los harapos que llevaba puesto, se pusiera el que le daba la Madrastra. Luego, la mujer la envió a recoger agua de un pozo que quedaba muy lejos.

Una vez que Ye Xian se hubo ido, la Madrastra se puso las ropas de la joven, escondió un cuchillo en la manga, y fue al estanque, a esperar al pez.

El pez dorado cayó en la trampa. Cuando asomó la cabeza, la Madrastra, con mucha rapidez, lo sacó del agua y lo mató. El pez era muy largo y, al cocinarlo, el mismo tenía un sabor delicioso como ningún otro. La Madrastra enterró las espinas en un estercolero para que Yeh Shen nunca se enterara.

Cuando ella volvió, se acercó al estanque para ver a su pez. Pero él nunca apareció.

Para ese entonces, el pez tenía diez pies de largo y cuando fue cocinado tenía un sabor mucho mejor que cualquier otro pez. Una vez comido, la madrastra enterró sus espinas en un estercolero. Corrió, entonces, al bosque para llorar. Hasta que un hombre de cabellos despeinados y ropas rotas descendió del cielo, y la confortó diciéndole:

—No llores. Tu madrastra ha matado al pez y enterró sus espinas en el estercolero. Pero cualquier cosa que desees, acércate y pídeselas, que las espinas harán que tu deseo se vea cumplido.

Yeh Shen siguió su consejo y no tardó mucho tiempo en ver que podía tener joyas y oro y telas tan hermosas que alegrarían el corazón de cualquier doncella. Podía haberse vuelto loca, pero era una muchacha sabia y prudente, por lo que decidió esperar para pedir algo que realmente desease.

Llegó entonces la Fiesta de la Primavera. La madrastra ordenó a Ye Xian que se quedara en la casa para vigilar el huerto con los frutales. Pero… cuando la abandonada niña vio que su madrastra se hallaba a larga distancia, fue, se arrodillo ante las espinas de su pez y pidió ropa y calzado. Le concedió una hermosa túnica de seda verde y unas sandalias con lo que emprendió el camino hacia la fiesta.

Era tan hermosa que llamaba la atención de todos cuando pasaba. Estaba por llegar a la aldea cuando su media hermana creyó reconocerla y se volvió a su madre diciéndole:

—¿No es esa niña extrañamente parecida a mi hermana mayor?

La madrastra también pareció reconocerla. Fue entonces cuando Ye Xian se percató de sus miradas y rompió a correr de vuelta a casa. Pero en su apuro, dejó atrás una de sus sandalias.

La Madrastra y media hermana pudieron asistir a la fiesta y al volver a la casa encontraron a Ye Xian durmiendo bajo un árbol, por lo que desquitaron la idea de que hubiera sido ella la hermosa y elegante mujer que llegaba a la aldea.

La vida no cambió mucho, pero la sandalia continuó cambiando de mano, hasta llegar a las de un comerciante que se acercó a venderla a un reino cercano llamado To Huan. Era un pueblo poderoso, con un gran ejército y que dominaba muchos territorios, costas e islas. Y como la sandalia de Ye Xian era digna de verse, pues terminó siendo vista por el rey de aquel pueblo.

Sorprendido por su belleza y por su tamaño diminuto, el rey hizo que todas y cada una de las mujeres del reino se la probasen. Pero la sandalia era demasiado pequeña y ninguna pudo calzarla. Esto hizo que el rey comenzase a sospechar de que la gente del poblado minero la hubiese obtenido de una forma poco limpia. Así que hizo capturar a muchos y torturó a muchos en vano, porque ninguno de ellos sabía de dónde venía la sandalia. Solo que había sido encontrada al lado del camino el día de la fiesta. El Rey envió soldados a la aldea a fin de arrestar a quien tuviera la otra sandalia. El rey estaba muy, muy sorprendido y molesto a la vez. Los guardias revisaron casa por casa, hasta llegar a la de Yeh Shen. Hicieron que se probara la sandalia y, claro, la calzó perfectamente.

Todos estaban sorprendidos. Pero la sorpresa fue aún mayor cuando ella fue en busca de su otra sandalia y apareció calzada con el par y vestida con la túnica de seda verde que llevaba el día de la fiesta. Resplandecía como una diosa. El Rey, embelesado por su belleza, le pidió que se casara con él.

Fuente: https://nosoycenicienta.wordpress.com/otras-cenicientas-no-soy-cenicienta/yeh-shen-la-cenicienta-china-no-soy-cenicienta/

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